yuna2k-MY SONGS.mp3
«Hermano, ¿cómo se llama esa canción?», le pregunté a mi mejor amigo.
Me miró con una sonrisa burlona.
«No, bro, yo la descubrí y no quiero que los demás crean que tú la escuchaste primero».
Después se rio muy fuerte, como siempre lo hacía, mientras agitaba su reproductor MP3 USB frente a mi cara.
Qué gatekeeper de mierda.
Aunque no lo puedo culpar. Quizás hoy solo estoy nostálgico, pero recuerdo que la relación que teníamos con la música en ese entonces era mucho más personal.
Esa canción —creo que era de Linkin Park— era SU canción.
Y yo iba a encontrar la forma de robársela.
Cuando era pequeño tuve muy poco contacto con la música.
No teníamos ningún equipo de sonido en la casa. Si no me equivoco, había una pequeña radio en la cocina, pero la usábamos principalmente para escuchar las noticias por la mañana.
Mi padre es un evangélico devoto, y una frase que escuchaba mucho cuando me llevaba a la iglesia era: «las cosas del mundo» —lo mundano— «no son para nosotros».
Además, mi abuelo era pastor, así que cada vez que él y mi abuela nos visitaban, teníamos que esconder cualquier aparato electrónico que pudiera generar preocupación.
Un día llegué del colegio y ahí estaba mi abuela, sentada en la cama de mi padre, viendo tele.
¿Entonces cuál era el punto?
Qué religión más penca y estúpida.
En fin, el punto es que crecí sabiendo muy poco de música.
Pero tenía un amigo del colegio: Mario.
Y Mario tenía una colección de CDs en su pieza.
Era pequeña, pero para mí era un mundo completamente nuevo.
Recuerdo la primera vez que puso uno. Era Marca Chancho (2000) de Chancho en Piedra. Me enamoré de inmediato de ese bajo y esa guitarra. Las letras también eran muy entretenidas de cantar.
«Eligiendo una Reina» se burlaba de los concursos de belleza que eran tan populares en ese entonces. No hablo de esos en que las mujeres usan vestidos elegantes y responden preguntas. Hablo de esos en que básicamente gana la mujer «más rica».
Otra canción se llamaba «Historias de Amor y Condón».
«Durazno y Melón» discutía si era mejor tomar vino mezclado con duraznos picados o tomarlo directamente dentro de un melón.
«Patá en la Raja» trataba de patear rajas...
Eran temas fascinantes.
En ese entonces no entendía mucho del significado real de las canciones. Pero, como dije, eran muy entretenidas de cantar.
Otro amigo, Felipe, tenía una hermana mayor —uno de mis primeros amores platónicos— y ella tenía algo aún más fascinante: un estuche lleno de CDs «quemados».
Pero no eran discos normales como Marca Chancho. Eran mezclas, o playlists, como las llamaríamos hoy.
Los ponía en la radio del auto en el camino del colegio a su departamento. Así que la primera vez que me invitaron a jugar con Felipe después de clases, escuché a Britney Spears, Black Eyed Peas, Gwen Stefani... una tras otra.
Era fascinante.
Me encantaba cómo escribía los artistas directamente sobre los CDs y le daba un nombre a cada mezcla. Podías encontrar a Britney Spears en distintos CDs, pero la canción que ella elegía tenía algo que la conectaba con el resto de los temas.
A veces podía ser algo obvio, como un género o un estado de ánimo. Otras veces podía ser algo mucho más personal, como «Canciones del verano de 1998».
Ella era una curadora, y esas eran sus canciones.
Después mis padres me compraron mi primer computador, y por fin pude conseguir MIS PROPIAS canciones.
Había un programa P2P (peer-to-peer) llamado Ares, con el que podías descargar de todo, desde música hasta videojuegos. Solo tenías que escribir lo que buscabas en la barra de búsqueda y aparecían todos los archivos disponibles con un nombre parecido.
Normalmente elegías el archivo más compartido. Pero si buscabas una canción poco conocida, las cosas se volvían algo más inciertas. No sabías realmente si ibas a descargar la canción, un virus o una porno.
Un truco era aprender cuánto debía pesar un archivo MP3 según su duración y calidad (kbps). Con el tiempo podías mirar un archivo y pensar: ni cagando una canción de cuatro minutos pesa 200 KB.
Gracias a Ares, de a poco fui armando mi propia biblioteca de música.
Recuerdo que la mayoría de los archivos apenas tenía metadatos, o que toda la información estaba amontonada en el nombre del archivo. Algo así:
LINKIN PARK - IN THE END - HIBRID THEORY - 2000.mp3
Así que tenías que cambiarle el nombre y buscar en internet la información que quisieras agregar al archivo: artista, género, álbum, número de pista, fecha de lanzamiento, compositores...
Pero la parte más entretenida era elegir cómo se iba a ver tu reproductor de música digital.
Había otro programa llamado Winamp, en el que podías organizar toda tu música, crear playlists y, lo más importante, reproducir tus canciones. Tenía funciones buenas, como un ecualizador y una pantallita que mostraba todos los metadatos.
Pero Winamp también tenía skins.
Y eso era otra cosa completamente distinta.
Había comunidades enteras de personas que dedicaban su tiempo libre a crearlas. Gracias a ellas, podías hacer que tu reproductor Winamp pareciera un artefacto cyberpunk, tu anime favorito o la interfaz de algún videojuego.
Pasaba tardes enteras en internet buscando skins nuevas y bandas que nunca había escuchado.
Lo curioso es que ambas actividades se sentían casi iguales.
Estaba personalizando mi reproductor y, al mismo tiempo, personalizando mis gustos.
Después vino el salto al mundo físico, así que para mi cumpleaños pedí mi propio reproductor MP3 USB.
Mi padre, como era de esperar, me miró con preocupación, pero no costó mucho convencerlo.
Los más típicos eran rectangulares, con las esquinas redondeadas, y venían en todo tipo de colores. A diferencia de Winamp, el mío no tenía un botón de reproducción aleatoria, así que si querías encontrar una canción específica, tenías que recorrer toda la mezcla hasta llegar a ella.
Pero lo que realmente definía a estos objetos era su capacidad de almacenamiento.
No podías llevar contigo toda la música que tenías en el PC.
Tenías que elegir.
Podías comprar un MP3 más caro con más almacenamiento, bajar la calidad de las canciones para que los archivos ocuparan menos espacio, o simplemente decidir qué canciones merecían acompañarte.
La segunda opción era inaceptable.
Podías invitar a tus amigos a la casa y mostrarles tus discos favoritos, tus CDs quemados, tu colección de música digital, tus skins de Winamp...
Siento que la música tenía un poder enorme para crear conexiones entre las personas.
O sea, todavía lo tiene. Este año he hecho muchos amigos gracias a la música electrónica. Pero sigo teniendo la sensación de que esos lazos eran, de alguna manera, más fuertes, porque podías hacer que toda la experiencia fuera mucho más personal.
Quizás solo estoy nostálgico.
Pero si comparas todo esto con plataformas como Spotify... sí, era mucho menos cómodo.
Tenías que buscar la canción, descargarla, completar los metadatos tú mismo, elegir cómo se iba a ver tu reproductor, organizar tu biblioteca, quemar el CD, comprar el MP3 USB, decidir qué canciones ibas a ponerle y después andar con esa cosa encima, además de todos tus otros aparatos.
Todo esto tomaba tiempo.
Todo esto ocupaba espacio.
Y ahora casi toda esa fricción desapareció.
Obviamente eso es más conveniente.
Pero a veces tengo tantas ganas de volver.