HOY ME COMI UN COMPLETO
Hoy me comí un completo, mas no era cualquier completo. Llevaba kétchup, mayonesa, chucrut, tomate, salsa americana y palta. Al lado mío, en la barra, una pelirroja que esperaba su orden me miraba de forma coqueta. Me lo sirvió un animado joven que tarareaba, sin fallar una nota, Monkey Gone to Heaven de los Pixies. Pero, sobre todo, fue el completo que engullía mientras en la vereda contraria atropellaban al Tuerto.
El coche venía a gran velocidad; bastó que el conductor perdiera por un segundo el control. Cuando el vehículo impactó el poste, su columna se quebró en dos. Como cuando se abre una galleta de la fortuna, dejando entrever su oculto augurio, el líquido cefalorraquídeo fue excretado de su médula espinal. El parabrisas ,bañado en sangre y sazonado con pequeños fragmentos óseos, se trizó resultando en un intrincado tramado arácnido.
Su cuerpo rebotó sobre el vidrio y cayó de bruces sobre la acera.
¿Qué querría el fatal destino con este pobre diablo? ¿Qué apuro tenía la muerte para adelantar la cita de las doce, y sacar a relucir su guadaña cuando aún el rímel negro se encontraba sin destapar sobre el tocador?
Unos cuantos trozos de tomate cayeron al pavimento. Con la boca abierta contemplaba el hecho; en tanto en mi mano la vienesa cubierta en pan esperaba ansiosa la luz verde. La escena que se presentaba ante mí se detuvo en el tiempo. Digna de cualquier toma hollywoodense, pero vista a través del lente de la cámara del director. No podía distinguir si el humo emanaba del motor del auto o si descendía desde el cielo, como una larga cortina que ondea con el soplo del viento. Plasmada en grafito, carbón y tiza; señalaba la preocupante condición en la que se encontraba el conductor. Detrás del manubrio, su rostro estaba enterrado en el air-bag delantero. De su oreja izquierda fluía un riachuelo entre rojo y morado; producto del golpe que se dio en la cabeza cuando el coche subió bruscamente a la vereda. La gota que resbalaba lentamente sobre el cristal, apuntaba al Tuerto. La sangre ya se extendía bajo la totalidad de su cuerpo y amenazaba con consumirlo todo. Desde lo profundo del charco llegó, a dos pasos mío, navegando su prótesis ocular; no me quitaba la vista de encima. Se mecía suavemente de izquierda a derecha, como el vaivén de un péndulo. Sin saber a dónde mirar y sobrecogido por la situación, elevé la mirada hacia el cielo. La cima del poste eléctrico, que había detenido la marcha de la bestia de aluminio, había perdido su condición vertical y parecía hundirse bajo los astros que empezaban a surgir entre el crepúsculo.
Yo al tuerto no lo conocí mucho. La verdad es que, para mí, no era más que otro de esos borrachos sin hogar que deambulan por las calles de noche buscando un bar donde gastar la limosna recaudada del día. Quizás lo distinguía de los otros su simpatía (no recuerdo nunca haberlo visto ponerse violento) y sus momentos de lucidez que sorprendían a aquellos que no se encontraban preparados para tal demostración de conocimientos de parte de un viejo roñoso y que, claramente, no se había dado una ducha en décadas. Incluso podía hablar el inglés, chino mandarín y un poco de alemán. Lo poco que no se le entendía, era debido a la mucosa que se acumulaba en el borde de sus labios y por sus desgastados (de los que aún quedaban en pie) dientes, producto de una mala alimentación e higiene bucal. Se decía que en sus tiempos había sido el director de una renombrada empresa nacional que contaba con sedes en el extranjero y que, debido a sus problemas con el alcohol, perdió los estribos y terminó en la calle luego de perder su fortuna. Su familia reunió lo que lograron salvar y buscaron ayuda entre la lista de contactos que habían reunido con el tiempo. Nunca más volvió a saber de ellos.
Mentira. No era cualquier borracho sin hogar. Sino no le hubiéramos tenido cariño, no le habríamos puesto un apodo. Fueron varias las tardes en las que, después de una dura jornada laboral en la oficina, reímos y bebimos juntos cerveza hasta no poder distinguir una mano de la otra. Un happy-hour sin el Tuerto no era más que una reunión de colegas fracasados en torno a una pequeña mesa circular, que tenía como único objetivo quejarse al unísono de los problemas que surgían día a día en la pega. Un par de tragos y para la casa. El resto de la noche no prometía más que una mediocre cena calentada en el microondas y masturbarse viendo las tetas que pasaban en la televisión de cual fuera la actriz gringa del momento. Deprimente. Cuando el Tuerto aparecía por el local, se encendía el ambiente. Los más eufóricos prestaban su paga del mes e invitaban unas cuantas rondas para todos (seguro ésta era la única razón por la que el propietario le permitía al Tuerto pasar adentro y compartir mesa con los demás clientes). Abrazados nos olvidábamos del jefe gruñón; la guapa secretaria que nos guiñaba el ojo cuando pasábamos frente a su escritorio, pero que nunca nos soltaría siquiera un beso cuneteado; la vieja de contabilidad que constantemente pedía informes, siendo que aún quedaba una semana de plazo; la impresora multiuso de 300.000 pesos que funcionaba cuando le daba la gana y el colega que tenía como única función aserrucharte el piso para obtener un sueldo un par de billetes más grande.
La realidad se transformaba en sueño. Donde las fronteras no existen y no es necesario aferrarse a nada; sólo basta con dejarse llevar por las corrientes del inconsciente y flotar sin rumbo alguno en el vacío. Las palabras abandonan la boca sin necesidad de un pensamiento previo; no importa si son hirientes o infantiles. Se transportan en todas las direcciones, estrechándose y expandiéndose, hasta encallar en algún puerto. La respuesta que les sigue es igual de primitiva, pero honesta: un asentir con la cabeza, una risa o un seco puño directo al hocico. Tirado sobre la hierba, arrancas el pasto con la mano y contemplas las nubes que transitan el cielo azulado. Una tras otra abandonan tu campo de visión, como si la intro de La Guerra de las Galaxias corriera en reversa, mas la cinta nunca se detiene y no existe minutero capaz de registrar el paso del tiempo. Mejor dicho, el mismo concepto de tiempo pierde sentido ya que, al no haber pensamiento, desaparece la única máquina capaz de interpretarlo. Según los científicos contemporáneos, ni el presente, ni el pasado, ni el futuro existen; pasado, presente y futuro son lo mismo; no una flecha que apunta hacia la derecha, sino un disco que gira tan rápido que todas las pistas ocupan el mismo lugar, no importa donde pongas la aguja. ¿Pero cómo podríamos vivir abandonando las nociones de lo que, frente a nuestros sentidos, resulta tan lógico? El Tuerto ya no puede hacerse estas preguntas y sufrir la consciencia de la existencia. Aún si ahora se encuentra en otro lugar, ese otro lugar cumple otras reglas y todo lo que he escrito aquí no es más que una mezcolanza ilegible de garabatos.
En mi cama, despierto sudando y acalorado. Me toco la frente para ver si es que tengo fiebre. Prendo la luz del velador y me siento en la orilla del colchón con las manos apoyadas sobre los muslos. Pienso en el Tuerto. El mismo terror que me atormentó en mis sueños, me sofoca en este momento. Dicen que todo ser humano, en lo más profundo de su corazón, desea el fin del mundo. Yo mismo he fantaseado muchas veces con que la tierra se abra en dos y me trague hasta desaparecer en la oscuridad absoluta. Pero pensando en el Tuerto, en su cuerpo inmóvil sobre la acera y su ojo de cristal, quiebro en llanto porque en realidad quiero aferrarme como sea a la vida. No quiero perderme nada que me pueda entregar. Quiero que la realidad me muerda y deje marcados sus colmillos sobre mi piel. Quiero amar y ser amado, sentir la brisa de la mañana sobre mi pelo, el calor del sol matutino, la adrenalina de hacer lo incorrecto, plasmar mis pensamientos sobre el papel, correr por los parques, recibir un beso inesperado...
Hoy me comí un completo, mas no era cualquier completo. Llevaba todo el día sin hincarle el diente a nada y se veía realmente apetitoso. Pero, sobre todo, fue el primer completo que he comido desde que atropellaron al Tuerto.
Estaba revisando mis antigüas historias en wattpad y me encontré con esta que escribý alrededor de Julio del 2017. Me gusta como salió, ojalá pueda recuperar este tipo de prosa.